
Voy a contarles esta historia desde la voz del narrador objetivo, tratando de permanecer del todo ajeno a lo sucedido. Es más, voy a creer yo también, vehementemente, que estoy refiriendo una crónica ajena, para así poder enumerar los acontecimientos sin teñirlos con las emociones y el terror que ahora, al hilar y recordar, me sacuden el alma. Excúsenme que la que están por leer sea, entonces, una descripción plana y apática. Me es inevitable hacerlo así, para poder seguir respirando el aire sofocante que me rodea sin enloquecer o hacer locamente algo desesperado y también fatal. Es necesario que recurra al decir sin metáforas, ahorrando los fragmentos, de lo contrario (ya verán que no exagero ni miento), no podría hacerlo. Cuento.
En 1985 el campo de refugiados Wad Kowli, en Sudán, era conocido mundialmente como “la ciudad africana de mayor explosión demográfica”. Día a día llegaban allí cientos y miles de refugiados tratando de escaparle al abrazo temprano y espantoso de una muerte de lenta agonía. Y día a día la falta de comida y de agua se hacía más y más desesperante, acortando inevitablemente la distancia que los separaba de lo que querían escapar. La periodista Thérèse Obrecht, publicó ese año una nota en la revista Refugiados, donde contaba lo que allí sucedía. Y lo mostraban, por sobre todas las palabras, las crudas fotografías que ilustraban esa nota.
No sé como había llegado a Miami esa revista en el año 2005. No sé tampoco como había caído en mis manos, después de tanto tiempo. Pero estaba yo sentado a una de las mesas del café Versailles, en la calle 8, cómodamente instalado, tomando mi segundo café y fumando un excelente y caro cigarro cubano, leyéndola.
Afuera el sol de julio era implacable y no tenía ganas de salir. Eran (lo recuerdo muy bien) las 11:35 AM. En una hora más, puntualmente, debía encontrarme con mi socia en nuestra suntuosa oficina de Coral Gables, y dejarle listos los papeles para la firma de un jugoso contrato con el canal Univisión pero, de verdad, no tenía ganas de salir. Realmente se estaba muy bien esa mañana en el Versailles.
El mozo me invitó con una copita de jerez, gentileza de la casa para los clientes habituales como yo, y acepté de buen gusto. Mientras esperaba que pasara el tiempo hasta la cita, seguí leyendo aquí y allá, hojeando las páginas ya sin mucho interés. Miré una de las fotografía en página 9, una de las que ilustraban la nota de Obrecht, donde podía verse (no sé por qué, pero conté con mucha atención) a veinte personas, alrededor de una fogata, esperando por lo que seguramente sería su único alimento de la jornada. Todos estaban vestidos con harapos y se les notaba el cansancio y el desasosiego en los ojos y en los cuerpos. La fotografía era efectivamente conmovedora, aún para mí, que me veía mirarla cómodamente instalado en un café de la opulenta y frívola Miami.
Algo me llamó la atención. Conté mejor y comprobé que detrás de dos niños con el vientre hinchado por los parásitos asomaban un par de ojos más. Nada más que un par de ojos. Era todo lo que se veía de la persona tapada por los niños. Eran veintiuna personas, entonces... Fue raro lo que sentí, algo como un escozor, un pequeño estremecimiento que no supe justificar. Los ojos, la mirada… Yo había visto esa mirada. La había visto en alguna parte y hacía apenas un momento. ¿Cómo podía ser?
Di un sorbo al jerez, chupé una buena bocanada de mi Romeo y Julieta y sin proponérmelo, pero acaso llevado por alguna extraña necesidad miré a mi alrededor, buscando una referencia para lo que sentía. Reparé en un hombre, un hombre blanco, de ojos celestes, elegantemente vestido con un traje de buen corte y muy caro, que estaba sentado un par de mesas más allá, mirándome fijamente… ¡Mierda! ¡Era él! ¡Era el hombre que había visto en la fotografía de la página 9, sus mismos ojos! (Iguales a los que estaban allí, la misma mirada, pero celestes)... No podía creerlo. No podía ser. Me levanté y, llevado por una fuerza que no podía manejar ni resistir, fui a su encuentro. Temblaba. Era inevitable, no podía dejar de temblar.
—Sorry, mister, do you speak spanish? —le dije, con acento argentino.
—Sí, no se preocupe, hablo y entiendo cualquier idioma.
No me extrañó su respuesta. Le mostré la revista, la fotografía, y le señalé los ojos medio escondidos que había visto.
—Sí, soy yo —me dijo—. Hoy hace exactamente 20 años de esa fotografía.
—¡Usted!... Pero…, discúlpeme, no lo tome a mal…, usted es…
—¿Blanco, rubio y aparentemente en buena posición económica?
—Sí…, blanco.
—No hay misterio. Aprendimos a sobrevivir, eso es todo. La muerte estaba sobre nosotros, esperando por nosotros. Tuvimos que aprender a sobrevivir.
—¡...!
—Ya lo va a entender, se lo prometo… Ahora —me dijo— mire nuevamente la fotografía, por favor. Mírela otra vez. Hágalo. Fíjese en el hombre que está parado a la derecha de la niña del turbante verde y con un collar de dientes y garras de leopardo, casi en el extremo... ¿Lo ve?... Ése, el que tiene la gran cicatriz en el pecho y los pies cruzados y con sandalias. ¿Lo ve ahora?... Se llama Nyala. Por favor, no olvide el nombre, Nyala.
—Sí, lo veo —le dije, todavía temblando.
—Mírelo a los ojos. Mírelo bien, por favor.
—Sí, sí, lo veo.
—Bueno, adiós —me dijo—, y recuerde que, de verdad, no es nada personal con usted ni con los otros que ya han pasado por algo parecido. Es sólo… supervivencia.Me sentí mareado y débil. Cerré los ojos y me los restregué con firmeza…Hubo olor a humo y a polvo en ese mismo momento, y el calor de pronto se había hecho insoportable. La transpiración me corría por todo el cuerpo, espesa, y me sentí mal olor, como si no me hubiera bañado en días o semanas. Tuve sed, una sed insoportable. El estómago me dolía de hambre… Cuando me recobré un poco miré alrededor. ¡Dios! Estaba en Wad Kowli.
Ahora mi nombre es Nyala.
(del libro "Cuentos donde andan el misterio y la muerte")
1 comentarios:
....què alegría saber que andás por este mundito virtual!.....
te dejo un abrazo Pablo.
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